El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde
Sentía entonces que debía elegir entre las dos. Ambas naturalezas tenían una memoria común, pero compartían desigualmente entre sí las demás facultades. Jekyll (que era un ser compuesto), ora con las más sensitivas aprensiones, ora con verdadero gusto, proyectaba y compartía los placeres y aventuras de Hyde, quien, por su parte, sólo sentía indiferencia ante el doctor, aunque lo recordaba como el bandido de la montaña recuerda la cueva en la que se oculta de sus perseguidores. Jekyll experimentaba más que un interés de padre; Hyde, más que una indiferencia de hijo. Decidirme por Jekyll era morir para aquellos apetitos que durante tanto tiempo había visto con indulgencia y que últimamente comenzaba a disfrutar verdaderamente. Hacerlo por Hyde significaba morir para mil intereses y aspiraciones y convertirme, de una vez y para siempre, en un ser despreciable y sin amigos. La alternativa puede parecer descompensada; pero había una consideración más a tomar en cuenta: mientras Jekyll se atormentaría en el fuego de la abstinencia, Hyde ni siquiera tendría conciencia de todo lo que había perdido. Por extrañas que fuesen las circunstancias en que me encontraba, los términos de semejante debate eran tan antiguos como el propio hombre: muchos de estos móviles y temores determinan la suerte de cualquier pecador trémulo y presa de la tentación. Conmigo sucedió, como ocurre con una inmensa mayoría de mis semejantes, que opté por la parte buena y que no tuve fuerzas suficientes para conservarla.
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