La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina
Presa de sentimientos encontrados, se quedó inmóvil ante la carta de Mikael. Hasta ese momento había sido ella contra el resto de Suecia, lo que constituía una ecuación bastante clara. Y ahora, de repente, contaba con un aliado o, por lo menos, con un aliado potencial que declaraba que creía en su inocencia. Pero era el único hombre de toda Suecia al que no deseaba ver bajo ninguna circunstancia. Suspiró. Mikael Blomkvist se le antojó, como siempre, un condenado e ingenuo do gooder. Lisbeth Salander no había sido inocente desde los diez años.
“No hay inocentes; sólo distintos grados de responsabilidad.”
